Así
que es lícito que me pregunte ¿quién habla cuando yo hablo con los demás? ¿Soy
yo la fuente real de mis propios pensamientos y palabras? ¿Quién es el que
habla cuando me miro al espejo?
Pues…
debería ser yo, mi esencia, quien habla, ya que siento, pienso (o al menos creo
que pienso) y actúo. Sin embargo, mis pensamientos y palabras están determinados
por una serie de factores inconscientes que limitan un pensamiento libre de
ataduras. Reza un proverbio árabe que “uno se parece más a su tiempo que a su
abuelo” y la ciencia actual viene a confirmarlo cuando nos dice que somos un 30%
genotipo solo y el resto es ambiente y educación.
Cuando
hablo, hay factores, internos y externos que me condicionan.
Entre
los internos:
.- hay necesidades fisiológicas: por
ejemplo, si tengo hambre, esa idea estará en mi cerebro todo el rato y
modificará mis acciones, impulsos y valoración del tiempo.
.- hay predisposiciones genéticas: si
soy de naturaleza ansiosa mi modo de hablar reflejará ansiedad; mi instinto,
mis pulsiones se verán afectadas. Si mi instinto me lleva a poseer, mis
pensamientos serán de dominación y si físicamente soy débil, mis acciones serán
de protección o incluso de eliminación de mi personalidad.
Entre
los factores externos:
.- hay reglas morales internalizadas (el
“superyó” de Freud): si he aprendido que uno no debe desear mal a los demás,
este pensamiento surgirá espontáneamente dependiendo de las circunstancias, o
incluso inclinaciones psicológicas (el “yo” de Freud.
.- hay influencias externas, como las
condiciones de vida, experiencia e historia personal, la influencia cultural,
hábitos de grupo, prohibiciones sociales, las relaciones con los demás y la
influencia de quienes me rodean, etc.
.- de estas influencias externas hay
una que está semiescondida y que tiene que ver con el modo en el que expresamos
las emociones. Son las metaemociones. La metaemoción es "un conjunto
organizado y estructurado de emociones y cogniciones sobre las emociones, tanto
las propias como las emociones de los demás". ¿Está claro? Supongo que no, así que -con la benevolencia
de los expertos presentes que ya me corregirán luego- usemos una definición
facilona de andar por casa: La metaemoción se refiere a la idea de que cada vez
que provocamos una determinada emoción, también nos ocupamos de las emociones
posteriores con respecto a cómo experimentamos la emoción primaria. O aún más
sencillo, si se muere un ser querido, lloramos. A cada emoción le corresponde
que la exprese de un modo determinado… socialmente. Aquí lloramos, en otros
lugares se baila, aquí los velamos y los enterramos, en otros lugares se les
sienta para comer juntos una última vez. Esa expresión del sentimiento es un
condicionante social. Lo sabemos, pero nos condiciona. ¿Alguien vería bien que
en el tanatorio se organizara una comida con el muerto sentado a la mesa y que
hubiera música y baile? Pues eso, hay condicionantes externos que no son
fáciles de identificar o saltarse. En el coloquio os hablaré de mi cara cuando
en Camerún me invitaron a conocer al abuelo de la familia … que estaba ¡enterrado debajo de la mesa!
Pero
sigamos, cuando expreso un sentimiento o una opinión de forma verbal, no soy yo
al 100% quien habla, sino mi instinto, mis deseos, mis impulsos, mi educación,
mi cultura o mis hábitos adquiridos. De hecho, las fuerzas que actúan, los determinantes
que acabo de mencionar, son extremadamente poderosos. Es casi imposible
domesticarlos. Resulta que en realidad soy un ser programado y condicionado y
mis palabras son el resultado de una conjunción de factores que no controlo. Me
hace vulnerable a las ilusiones y los prejuicios. ¿Significa esto que no hay
forma de superar estos condicionamientos y poder pensar por mí mismo? Os adelanto mi respuesta: no necesariamente.
Pero antes de llegar a ello dejad que pare un momento en los prejuicios.
Cuando
preguntamos algo puede pasar que de verdad desconozcamos la respuesta, o no,
que ya tengamos una idea sobre la misma. En el primer caso aceptaremos lo que
nos dicen tal cual, pues no tenemos con que compararlo, lo único que puede
pasar es que no nos convenza del todo, pero lo aceptamos. En el segundo caso
estamos contentos si la respuesta coincide con lo que creemos que pensamos y la
juzgamos errónea si no aporta nada que no hubiéramos considerado antes y no
coincide. Pero a veces la respuesta
contiene una parte de cada y aceptamos y descartamos lo que nos parece. En el
momento que hacemos nuestra adaptación de la respuesta estamos actuando como
Procusto.
Según
la mitología griega, Procusto era propietario de un hostal en Ática. Loco y
cruel, secuestraba a los viajeros, les invitaba a cenar y luego los llevaba a
pasar la noche en un lecho muy especial.
Tenía una manía enfermiza: el viajero debía encajar a la perfección en
una cama. Si el huésped era muy alto lo llevaba a una cama pequeña y entonces
para que cupiera con exactitud le cortaba las piernas. Si por el contrario el
desdichado era demasiado bajo, lo llevaba a una cama muy larga y estiraba sus
extremidades hasta que alcanzara la altura adecuada. Procusto fue víctima de su
propia manía y murió en las manos vengadoras de Teseo (el vencedor del
Minotauro), que aplicando la Ley del Talión le hizo pagar con la misma moneda
decapitándole.
Básicamente
el mensaje es: cuidado con lo que queremos ver. Para ser objetivos hemos de ser
conscientes de que tenemos sentidos que deforman la realidad y prejuicios que
deforman el razonamiento. No queramos
adaptar lo que "vemos" a lo que ya de antemano creemos o buscamos
confirmar. Somos como Procusto, solo que en lugar de personas invitamos ideas.
Para
no alargar demasiado la charla -que ya es larga de por sí- os contaré luego
como Procusto actuó para convertir a Napoleón en una alegoría al sol y negar su
realidad.
El
mito no es más que una alegoría filosófica a nuestro propio pensamiento. Cuando
llegamos al límite de nuestros conocimientos, sea de manera individual o en
nuestra relación con los demás, buscamos resolver la confrontación a nuestros
problemas haciendo un traje a medida con ideas, vocabulario, acciones y
pensamiento, de manera independiente a la lógica cierta de la realidad. Es
decir, alteramos el traje de la vida para que quede a la perfección de nuestra
propia conveniencia. Y ése es un poderoso enemigo muy oculto y que quiere
hablar por nosotros cuando nos miramos al espejo.
¿Podemos
vencer a esas fuerzas que parecen incontrolables? ¿Quién habla cuando yo hablo?
Esta pregunta es inseparable de la pregunta ¿quién soy? El esfuerzo del
autoconocimiento es la clave para responder a la pregunta inicial. El individuo
autoengañado cree que habla libremente: toma sus propias palabras al pie de la
letra, se adhiere a su propio discurso, conoce sus propias palabras, se funde
con sus propios pensamientos y se apega a ellos. Es en particular el riesgo
señalado por Platón en la alegoría de la cueva o la cama de Procusto.
¿Cómo
consigo ser yo mismo cuando hablo? ¿Somos dos "yo" o incluso una
multitud de yoes diferentes?
Bueno,
tratemos de distinguir estas dos formas del "yo":
.-
el "yo" en su dimensión determinada, condicionada,
es
decir, el ser programado, la máquina viviente que, como la abeja obrera,
realiza lo que debe realizar, teniendo en cuenta su propia naturaleza y las influencias
externas,
.-
el “yo” incondicionado, libre de pensar por sí mismo e indiferente a cualquier
influencia.
Sería
un “Yo Superior”, que puede definirse como el ser capaz de liberarse de su
propia personalidad y de su propia individualidad y, por tanto, sería el ser universal,
ilimitado, el superior y eterno.
Parece
que este "yo" es inaccesible sin un proceso iniciático; es necesario
morir y renacer en varias etapas para refinar / purificar el conocimiento. De
hecho, un ser capaz de pensar por sí mismo, desde el principio despojado de
toda atadura, sería por definición omnisciente pues tendría plena y completa
conciencia del origen del Todo, de su propia naturaleza y del funcionamiento de
todo, y por supuesto de sí mismo. Sin embargo, solo la divinidad tiene este
poder.
¿Estamos
entonces condenados a vivir prisioneros de nuestros pensamientos inducidos? ¿Hay
una forma de ser libres? El individuo encadenado en la caverna de Platón es en
realidad el que piensa que está pensando y hablando por sí mismo. El hombre
despierto ve un camino de liberación y decide quitarse los grilletes y salir de
esa caverna; solamente al saberse encadenado se da cuenta de la necesidad de
ser libre, y está decidido soltar sus ataduras y escapar; pero quien no se sabe
encadenado será incluso feliz dentro de la prisión en la que vive. Quizás de
ahí la frase “la ignorancia hace feliz”.
El
hombre despierto, el iniciado, es consciente de que al hablar, no es él quien
habla. Sabe que es realmente él mismo cuando se mira a sí mismo, es decir,
cuando da un paso atrás sobre su persona para conocerse y comprenderse mejor. No
emite un juicio sobre sus pensamientos o palabras, porque este juicio estaría
condicionado por definición. Así, el ser despierto acepta todo: sus propios
pensamientos y palabras, positivas o negativas, como las de los demás. Sin
embargo, no está apegado a ellas. Esta actitud benevolente (hacia uno mismo) y
tolerante (hacia los demás) es el camino de la comprensión que lleva hacia la sabiduría.
Tenemos
dos niveles de conciencia: el primer nivel es el de la conciencia individual "básica":
nuestras percepciones son transformadas en pensamientos espontáneos por nuestro
cerebro, el segundo nivel es el de una consciencia universal superior: nos
paramos en lo alto, en retirada de nuestros propios pensamientos, nos vemos
hablar y actuar sin asimilarnos por completo a este ser actuante. Esto nos
recuerda, entre otras cosas, a los ejercicios de meditación. Salimos de la caja
para vernos desde fuera, algo que no debemos dejar de hacer y que nos lleva a
la humildad, una cualidad esencial para poder avanzar.
Tomando
el camino del autoconocimiento, negándose a tomar sus pensamientos al pie de la
letra, el iniciado (y le llamo iniciado porque ya ha muerto en su vía cómoda y
ha renacido en la duda de la mejora) se coloca en una lógica de apertura y de
progreso. Se le abre el camino del conocimiento. En algunas corrientes
espirituales y tradicionales como en el sufismo, se distingue entre el "yo falso " y el
"yo verdadero": el "yo falso " es nuestro ego, el individuo
que creemos que somos; el “yo verdadero” es lo más universal en nosotros: es
nuestra parte profunda y enteramente consciente, la que puede encontrarse con el
concepto de divinidad.
En
muchas vías iniciáticas se ha de buscar infatigablemente al ser interior. ¿Qué
es encontrar a ese ser? Representa algo que está en nosotros, pero que ha sido
olvidado, perdido. Algo esencial, universal y auténtico, que se opondría al
discurso cotidiano, condicionado e incontrolable. Para encontrarlo hay quien
acude al silencio de la meditación, o incluso a este dejar ir que lleva al
individuo a no apegarse más a sus propios pensamientos y a ese esfuerzo
hercúleo por avanzar sin dejar de levantarnos tras cada caída. No se trata de
rechazar de qué estamos hechos, negar la existencia de nuestro ego o rechazar
nuestra personalidad. Solo de no dejarse engañar por la caverna y no dejarse
tentar por Procusto, nuestro mayor enemigo, que quiere hablar por nosotros
cuando nos miramos al espejo.
El debate fue largo, todos tenían algo que decir y justificar que lo hacían por si mismos y que Procusto murió hace muchos años... aunque no quedó claro si usaban palabras oídas o realmente eran palabras renacidas.