viernes, 6 de diciembre de 2019

Paciencia

       

Algunas cosas solo necesitan tiempo. Nueve mamás no hacen un bebé en un mes.
(Warren Buffet)

En la cultura del instante lo lento mata la paciencia.
(Ibrahim S. Lerak, Cuaderno de notas)

Los males que no tienen fuerza para acabar la vida, no la han de tener para acabar con la paciencia.
(Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda)


Las reuniones del círculo se interrumpieron por una reforma en el local que fue más larga de lo programado (y de lo esperado). Algunos de los miembros del círculo expresaron su impaciencia por volver a reanudar las ponencias; era lógico, pues, que la paciencia abriera el nuevo ciclo de ponencias y debates. Nuestro orador esperó pacientemente a que hubiera silencio antes de empezar.

--Se le atribuye a Franklin la frase:“Con paciencia y tranquilidad se logra todo… y más”. Franklin no vivió una época desquiciada como la nuestra en la que la rapidez es la norma imperante. Tiempo y distancia empequeñecen. Las comunicaciones son tan instantáneas que una señal de radio llega a la Luna en 1,33 segundos y en unos 20 minutos a Marte y os recuerdo que el punto más cercano de Marte está a 59 millones de Km. ¿Qué decir de cualquier rincón de la Tierra? Esta capacidad de tener una comunicación global al momento ha repercutido en nuestras vidas.  Los ya veteranos recordaréis la introducción del fax en las oficinas. Era como una llamada pero escrita y era rápida, bueno tan rápida como lo fuera el operador del fax y el repartidor de los faxes o nuestra ida a buscarlos. Luego llegó el correo electrónico, una maldición porque además te llamaban para avisarte que lo habían enviado y que esperaban respuesta. Quedaba aquello de “aún no lo he visto, luego lo miro”, pero con el WhatsApp ya no hay escapatoria. Es instantáneo y se sabe exactamente cuándo lo has visto. No queda más remedio que contestar. Rápido. No hay tiempo porque esperan que la respuesta sea también inmediata. No hay paciencia. Y eso es precisamente el problema. s Hemos perdido la capacidad de tener paciencia. La rapidez ha pasado a ser un premio que da placer y su ausencia incomodidad e incluso malestar.

Lo queremos todo al instante, que el pizzero llegue a la hora a casa y que no tenga la osadía de retrasarse 5 minutos; que el programa se cargue en el ordenador en 5 segundos; que Google de la respuesta en uno y la película se baje en 20. Todo es rápido, hasta las relaciones, tanto en duración como en tiempo para establecerla. Y además estamos convencidos de que es un derecho que tenemos ¡y nos merecemos! Todo está y debe estar al alcance de un botón de respuesta inmediata. La paciencia (esa palabra que lleva en sí paz y ciencia) se ve como la imposibilidad de obrar, como la resignación en lugar de la virtud del saber esperar. Hemos creado el culto a la impaciencia, al estar ocupados todo el tiempo. Quien lo tiene o lo administra bien es un paria que no tiene luces o un jubilado (según la creencia general). La virtud de la paciencia ha sido convertida en su opuesto. 

Vemos la paciencia como debilidad en un mundo de fuertes. ¿Quién paga esta irritabilidad? Todos, el vecino, el trabajo, la familia, el imbécil que sonríe (¿de qué sonreirá este tío? ¿Se está quedando conmigo? ¡Puto imbécil!) Y todo viene de la falta de paciencia o, mejor dicho, de la falta de la buena paciencia. Estamos en un mundo en el que todo debe ir bien. No hay lugar a lo negativo. Vivimos en la era del confort, de internet, de que la nevera le pide al supermercado lo que falta para la compra y al cabo de una hora lo tenemos en casa si queremos. Sin fallos. La complacencia está en las pequeñas cosas dicen, en lo que llena pero no alimenta el alma. ¡Todo al minuto! Pero ¿lo que de verdad importa se tiene al momento? Puedo ver una serie de abogados, pero necesito tiempo para ser abogado; puedo jugar a rol, pero necesito tiempo para ser de verdad ese personaje; puedo ser amigo virtual del mundo entero, pero necesito tiempo para ver a una persona y al tocarla empatizar o animar.  Vivir sin problemas, es la meta. La meta que nos dicta la sociedad y para ello todo ha de ser fácil, positivo y sin plazo para pensar, es decir sin tener que esperar. La inmediatez ante todo.

Desgraciadamente lo que vale requiere pacienciala vida, el conocimiento, las relaciones humanas y tantas otras cosas que ahora son tan caras en unidades que las tomamos en pastillas virtuales: Netflix, Wikipedia, Instagram, Facebook, WhatsApp. Con paciencia se alcanza casi todo, porque tener paciencia es, en esencia, dominar el tiempo. Lo más importante para los demás. Dominar lo que otros no tienen y dominar el tiempo da espacio para pensar y ser creativos, algo que no hacemos porque no tenemos tiempo para tonterías, aunque entre esas tonterías esté tener amigos y no conocidos o progresar en el trabajo y en la vida. Es curioso, el valor denigrado y degradado gana al nuevo valor y aun así le negamos el reconocimiento. La fuerza de la sociedad nos oprime más de lo imaginado y no nos permite tener tiempo y por tanto, paciencia.

La pregunta entonces es si se puede aprender a tener paciencia, partiendo de la base que creemos que tenerla es una virtud y que no preferimos ir de cabeza y estresados siempre. Al fin y al cabo, la adrenalina parece ser el motor vital en la sociedad. Hay que estar en todo, por todo y siempre el primero.

Sin saber estar solos no lograremos ser pacientes. Necesitamos tanto la compañía, le tenemos tal terror a la soledad, que estando solos en casa ponemos la radio o la televisión solo para que haya "ruido conocido, sea voz o música". Cuando aprendamos a estar solos, a bloquear un rato en el día y no atender llamadas, chats, “ruidos amigos” y estar con nosotros mismos “en el rincón de pensar” o paseando, entonces estaremos en disposición de ser pacientes. No necesitamos más de 20 minutos al día. No es meditación, es tranquilidad y liberación de irritabilidad. Cuesta menos que ir al gimnasio y es más saludable. Eso sí, sin un descanso adecuado no hay paciencia. La falta de sueño nos descompensa. Hacer dieta y comer 3 pasteles al día es incompatible. Con esto pasa lo mismo. Sin descanso no hay aprendizaje de nada.

No voy a hacer de psicólogo barato, pero dejadme que os recuerde que a veces la impaciencia es un modo de cubrir una insatisfacción personal, social, duradera o momentánea. Así que hay que ver cual es el origen de la impaciencia y resolverlo. La soledad permite que la mente por sí misma haga un análisis de lo que nos conviene y nos dicte el camino para ser más felices y más pacientes. Pensar libremente sin estar sometido a nada es creativo y amplía nuestra visión social y personal.

Tener paciencia es esperar sin que haya ningún tipo de premio por ello. Y ahí está el quid del tema. Si esperamos por algo, para algo, la impaciencia nos matará. Se trata de desconectar con lo exterior, ver internamente, nada de analizarnos para mejorar, solo tomar el tiempo de ser conscientes de lo que tenemos, somos y nos rodea. Esa práctica crea paciencia y la paciencia crea bienestar. Principio del formulario


No tuvimos paciencia... todos quisimos intervenir en el debate sin esperar; pero fue un buen debate y con muchas preguntas que pedían respuesta inmediata.



miércoles, 30 de octubre de 2019

La mirada del albardán






Pensar en y con los demás convierte a los hombres en trabajadores de la esperanza y constructores de sueños posibles.
(Ibrahim S. Lerak, Cuaderno de notas)

No te limites a ver y oír, mira y escucha atentamente si quieres tener opinión fundada. 
(Al-Biruni, Consejos)

El secreto del cambio es concentrar toda tu energía, no en luchar contra lo viejo, sino en la construcción de lo nuevo.
(Atribuido a Sócrates)


La vida del albardán es, a veces, azarosa. Hace poco S.M. le encomendó una misión de incógnito y visitó tierras y mares extraños. Igual que los chinos en 1421 partieron en larga travesía, él fue a descubrir en los mares del mundo ideas y pensamientos para que S.M. dispusiera de datos para mejorar su reino. Naufragó el albardán y de todo lo recogido en su viaje solo salvó algunos fragmentos del informe que iba redactando. Cuando las ideas caen al mar conviene recuperarlas y dejarlas secar, pues con el tiempo la tinta es más fácil de leer y con las frases se hilan los recuerdos y se crean de nuevo las  historias. Lo que sigue no son más que esas anotaciones fragmentadas y acartonadas por el sol y con la difusa tinta que hablaban de pensamientos y conversaciones oídas desde el mar. 

Cuando estuvo en los mares de la necesidad oyó a dos prostitutas hablar de sexo y de desnudez. Dijo una a la otra. "El encuentro más íntimo no es el sexual, es el desnudo emocional". Siempre hay miedo a quitarse la ropa, pero solo al principio, luego te acostumbras. El cuerpo es un instrumento que puedes separar de la mente. El miedo real viene cuando desnudas el alma y muestras lo que eres en cada una de tus facetas, por eso no quiero clientes repetitivos porque acabo contándoles lo que pienso.

Se sorprendió el albardán, pues creía él que hace falta tiempo, fuerza y ganas de escuchar para sentir y abrazar emociones. Auto- y heteroconocimiento. Algo que no es fácil de lograr. Si difícil es conocerse uno mismo, más lo es conocer la realidad del otro. Además, solemos ser impermeables a la empatía y al sufrimiento ajeno. Es nuestra protección natural; por eso tenemos que enseñar generosidad y altruismo, porque todos nacemos egoístas.

El desnudo emocional comienza por uno mismo, es importante que nos identifiquemos con lo que sentimos y nos demos cuenta de con qué nos sentimos cómodos o incómodos, qué pensamos y cómo podemos utilizar nuestras emociones al servicio de nuestros pensamientos sin que nos dominen.  Descubrir nuestro cuerpo emocional es imprescindible para destapar nuestros miedos, nuestros conflictos, nuestras inseguridades, nuestros logros, nuestros aprendizajes. Debemos descubrir nuestras debilidades emocionales para que nuestras reacciones no nos manejen. 

Hablaban las dos mujeres de la vida y de la seducción. Comentó la primera que la verdadera seducción no es la que se realiza a través de las palabras o del contacto de la piel con piel. Se realiza poniendo en contacto sueños y emociones para hablar el lenguaje de los abrazos del alma. Somos seres emocionales para quienes la razón es un freno que no permite una conexión total. Desnudarse emocionalmente resulta difícil, hace falta lidiar con las corazas, con las prendas que nos vuelven inaccesibles, las desilusiones, los miedos al rechazo, al abandono, a la soledad; pero solo así lograremos esos abrazos que rompen los pánicos que cierran nuestros ojos y que nos entregan al 200% en cuerpo y alma.

Cuando el albarán estuvo en los mares de la ciencia escuchó decir a un sabio que instruía a los discípulos: "La única obligación, la única que tenemos en esta vida, es no ser imbéciles". Recordó el bufón sus años mozos en los que ser imbécil era un gran insulto pues imbécil proviene del latín baculus (bastón) y señala a quienes lo necesitan en su mente. Enseñaba el maestro que hay varios tipos de imbéciles. "Están en el grupo los que creen que no quieren nada pues todo les da igual, aquellos del "culo veo, culo quiero" sea cual sea el culo, también los que no saben lo que quieren y ni se molestan en saberlo pues todo les va bien. Curiosamente también aquellos que saben lo que quieren y el porqué lo quieren, pero flojito y con poca fuerza, dejando al final que los demás decidan por él y convirtiéndose en víctima; sin olvidar a quien quiere con fuerza y con vehemencia lo que es El Bien, pero que ha confundido El Bien con lo que a él le va bien y es un simple hacer lo que quiere sin más."

Pensó el albardán para sí, que lamentablemente estos imbéciles acaban mal, pero siempre después de acabar con la esperanza de los demás. Su falta de bastón no les deja ver su desequilibrio y si se tuercen el pie es el camino que tiene la culpa, nunca ellos. Desgraciadamente la selección natural no eliminará la ignorancia de las generaciones futuras que ni se preguntarán porqué han nacido, pues la sociedad les habrá facilitado placer y gloria para evitar que piensen. En la infancia la credulidad es importante, nos ayuda a aprender rápidamente lo que los padres y la tradición enseñan. Pero si no crecemos y superamos esta etapa seremos blanco fácil de astrólogos, mediums, gurús, manipuladores e imbéciles. Necesitamos reemplazar la credulidad automática de la infancia por el escepticismo y espíritu crítico y constructivo de la ciencia adulta. 

Para ello hay que aprender lo que es contrario a ser moralmente imbécil. Es decir a tener conciencia y escucharla. La conciencia no cura la imbecilidad la erradica. La conciencia nos lleva a saber que no todo es lo mismo ni vale lo mismo; que vivir bien es vivir humanamente bien, no como individuo aislado; que hay que fijarse en lo que hacemos y saber si es lo que realmente queremos o no; que hay buenos usos y costumbres que se aprenden a base de práctica (la consideración hacia los otros, por ejemplo) y que no se deben fabricar excusas para eludir la responsabilidad de lo hecho.

Debió perderse el albardán en sus pensamientos y recuerdos pero no pudo más que asentir cuando oyó al sabio decir que: La responsabilidad no consiste solo en decir, ¡he sido yo!, sino en ser consciente de la libertad de elección de cada instante, libre de influencias y guiado solo por la razón y el íntimo convencimiento. Ser responsable implica ser consciente de que cada acto nos construye y nos define. Elegimos lo que queremos y con ello nos transformamos y construimos nuestro yo real. 

Estuvo el enviado también en otros mares atravesando el estrecho que separa el mar del placer y el mar de la moralidad, estuvo, anotó y perdió en el naufragio las notas de las que --como de las anteriores-- solo ha recuperado una pequeña parte. Pero aún debe secarse más la tinta para poder transcribirlas.


miércoles, 22 de mayo de 2019

Fake freedom



Soy un hombre libre. Puedo decidir si como patatas o peras.
Soy un hombre libre. Puedo decdir si defiendo mis ideas o no.
¿Son iguales las dos libertades?
(Ibrahim S. Lerak, Cuaderno de notas)

The truth that makes men free is for the most part the truth which men prefer not to hear.
(Herbert Agardd)

Dollar: A piece of paper that controls your freedom.
(Anonymous)




The last meeting of the circle of the square table treated a logical consequence of the fake news: fake liberty. Is society giving us fake liberty instead a democratic totally free liberty?

The decisions we take seem to be taken freely after a more or less long pondering and to correspond to what we really believe. Seems so, but is not so. One of the first in explaining that most human decisions are not rational was Sigmund Freud. He showed that people’s insecurities drive to excess and overcompensation. That we are like herds and can be manipulated is something nobody doubts nowadays. Marketing, press, politics are known to be powerful influencers that make us believe or accept many things without thinking. This means that if we can touch people’s insecurities and emotions we will make them feel what we want and with the intensity we decide on the items we select. The “we” can be any group that is able to send messages to a broad group of people. The messages arrive at the mass in a way to persuade and provoke visceral reactions without the filter of the reason. We often say “we have too many things” or “I liked it and just bought it” and somehow we feel bad due to it. In fact, we feel bad (but happily accept it) due to the contraposition of impulses that fight in us: to buy under the influence of the messages of the society or to be strong and act under the reason that is telling us clearly: Why would I need it? 

Behind all this, what it is really happening is that we have some unrealistic standards guiding us and projecting our image to us and to the others. We live a fake life. Fake as long it is not our truly wanted and thought life; fake because is externally guided by some influencing messages that we don’t see as such but are really effective. Is there anyone accepting that is using a product because it is advertised on TV? Surely not, we all say we are immune to ads. But they exist and work on us.

We are living (on average) in a wealthy time of our society, sometimes more, sometimes less, but wealthy (and corrupted) in general. This society is offering us a lot of possibilities in all. Most of the offerings correspond to things we don’t really need. The reason for these offers -no matter which one of them- is that the public demands it. All our entities, press, TV, politicians, private companies selling any kind of product are doing all for us. We demand and they happily deliver. Sounds great, doesn’t it? Well, it sounds great but is not great.

What can be wrong in demanding and having all we can imagine? There are several problems with it. The first is that it is not free, even if many of the offers are presented as free. Of course there are some limits, we can want to have a private island with all possible luxury and we don’t arrive at it, but in theory is possible as we know. Stars (cinema, music, …) can have it. So it seems we really do not have limits in general, only particularly. Well, one problem less, one thing less to consider if we buy it or not… and devote more time to select other (unnecessary) things we want. To have the possibility to receive/have what we want is OK if it is a real help like a kidney we need (artificial or not), a new hand or something useful without any doubt.

The problem arrives when the “give the people what they demand” corresponds to all sort of things we don’t need nor in fact demand, but that we consider having them due to the messages that arrive to us in different ways. And there are so many of them that we create an artificial nervous state that distracts us from other things. We are in a trap where we are not anymore free. We feel we have to select among the many options we have and forget that we can also decide not to enter in this game. Unfortunately in one way or another we are manipulated in wanting what we don’t need. Everybody knows it and tells from the other. But … everyone is the other from the other; means we are also manipulated. The worse is that we are brought to believe that “more” is more secure and makes us stronger, while reality shows that “more” means to be weaker, more fragile and more dependent.

The truth is that “to offer/give all what people demand” is a way of control. More we have, more concerned are we about what we have, keep, update, worry about it and think less and analyze less our social situation. We see this in China: one country two systems (Hong Kong) what translated means have comfort and don’t think of politics.

What all this is hiding, is that the masses are dangerous to society and need to be controlled by a strong power that nowadays can’t be military in most of the countries. It has to be an “iron fist in silk glove”. Marketing and freedom to choose the unnecessary appease people letting them believe they are happy. Kidnapped by the illusory freedom, but happy. Real freedom is for most people impossible and dangerous. For society can be a suicide to have feeling brains active as they would destroy hierarchy, authority, confront ideas and create antagonism that can be visceral and hence impossible to fight.

To create the feeling of being free, the feeling of having freedom is the solution. The problem is transferred from the can I drink coke instead of wine? To the which type of coke will you choose? (and forget about the wine). We don’t consider anymore which is our destination but the way we choose to arrive there. Only a few choose to stay with the basic and the vast majority prefers to choose among the million colors of the flowers without thinking that we are killing them with our change of climatic conditions.

Values like privacy, education, honesty, fair play… they simply vanished. Now what counts are the education options, not it’s content. We are free to select, to choose. Society, companies give us what we want. And everybody is happy. Happy with fake freedom that doesn’t let us think and be free, but happy because what most of us want is diversions, and we are flooded by them. Profit the moment! Life is only now! Now or never! You can do it, take the chance! In other words, smile, live the actual second, forget the past, don’t think there is a future and choose the many opportunities you have to be happy. You are free to do it!

And what happens when we act like this? Well, we become more fragile, have fewer values, depend more on the others, are obsessed by the amount of pleasure we have (no matter which or how we arrive at it, not to say what we call pleasure that every time is more twisted). But not only this, we give importance to things like who has erased me in FB? Or how many points do I have in the XY game? Or how many calls did I have today? Or, what is worse, how many likes and followers on Instagram? Add to it that doing all this we don’t need to meet people. We can do it sitting at home, in bed, taking a bath …

TV and games give us an excuse not to read. Culture is not needed. Google knows all and is always there. As our virtual friends. Relations are fast, all is quick, we have to move and select another choice. Life is short for all we have to do. In one word, compulsive acting only to do more, to have more of no matter what. Compulsive acting is not freedom, is the opposite. And we are happy. Our activity is only positive as our freedom… we have banned all negative from our lives. Death happens but far away and if it is touching us... then just shortly as we select with our freedom among the many options to be again happy. All is wonderful, negative news are isolated cases and if not … just ignore them. Less following the news. Better to ignore than have to decide what is not in our micro freedom. Less social activity. But happy.  

In other words, we are prisoners of our freedom to choose between stupid things. To choose how we can be happier having more. Technology evolves fast and adds one more option to our dissatisfaction: items become obsolete within months, meaning more options and more time to spend in futilities. Variety of items is just variety, not freedom. Freedom is phone yes or no, not which type, but we assume we need the phone and our freedom is to choose the characteristics. More items don’t imply more freedom. More we have less real freedom we have, and less we have more unpopular or strange we are, and we all will be integrated into our society. Consequence? We say yes and accept not to be free but weaker and more dependent and hoping for more to be happy.

Fake freedom makes us capricious and unhappy. Freedom to choose between one green nothing and one red nothing is all except freedom. To have more makes us unhappy and avoids that we use our brain. If we accept it, society is happy and we are stupid.

The debate was ready and we all made several interventions. At least it was clear we are free to ask and comment... at least here.




martes, 30 de abril de 2019

Tolerar las diferencias



Debemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes.
(Karl Popper)

Un verdadero liberal se distingue no tanto por lo que defiende sino por el talante con que lo defiende: la tolerancia antidogmática, la búsqueda del consenso, el diálogo como esencia democrática.
(Bertrand Russell)

Si no hubiera diferencias no habría progreso ni pensamiento individual.
(Ibrahim S. Lerak, Cuaderno de notas)


La reunión del círculo del mes pasado se vio influenciada por la campaña electoral y por las actitudes radicales de algunos partidos, por ello el tema del ponente se dedicó a la tolerancia, un tema ya tratado de puntillas anteriormente que necesitaba una revisión. Esto es lo que nos contó el orador:


La sociedad tiene un desmedido afán de unidad. La obsesión por la unidad es una constante en la historia. El hombre usa y necesita al grupo y se sabe fuerte en él y con él. El temor a romper el grupo y por tanto dar pie a la debilidad nos hace desconfiar de lo nuevo, sean personas o ideas. Lo diverso puede ser dañino. Nuestro primer impulso y muchas veces el segundo es odiar a todos los que no piensan o actúan como nosotros, como decía Jules Lemaiître. Y sin embargo vivimos en un tiempo en el que se exaltan las diferencias, ésas que en la realidad diaria se toleran mal.

Precisamente la tolerancia se define como: respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras. Es una manera de decir que aceptamos, aunque sea a regañadientes, ese principio que proclama la igualdad de todos. La tolerancia y la intolerancia dejan ver el desprecio y el rechazo que nos producen los otros. Cuando reprimimos el rechazo, toleramos lo que nos incomoda. La tolerancia siempre implica una cierta falta de respeto, como decir "tolero tus creencias absurdas y tus actos sin sentido". Con la tolerancia como con el perdón nos situamos un poco por encima del otro: concedemos y quien concede está un peldaño por encima. Con ello justificamos nuestra magnanimidad, aunque en realidad la tolerancia debe ser una expresión de la moral mínima exigible a un ser humano, una moral que pone freno al egoísmo que impide ver al otro con la compasión de sentir lo que el otro siente y tratar de entender su forma de vivir y comportarse.

No es lo mismo perdonar que tolerar. El perdón se ejerce sobre algo que nos incomoda o daña y la tolerancia es un respeto a una diversidad. Ser tolerante no es una virtud, es una necesidad y precisa ser aprendida durante la educación. Sin tolerancia no hay progreso porque sin tolerancia no hay diversidad y la diversidad estimula y crea las bases del progreso.

La dificultad de aceptar al otro como es, es transversal. Kant la llamó la sociabilidad insociable del ser humano: somos sociables y no somos sociables, necesitamos a los demás y al mismo tiempo los detestamos por mil distintas razones, muy a menudo vergonzantes. Pocas veces lo que provoca intolerancia es razonable y lo grave es que trasciende el nivel individual y entra en la vida colectiva. La historia occidental está llena de ejemplos de rechazo: a gitanos, judíos, negros, árabes, homosexuales, enfermos, discapacitados… etc. Con demasiada frecuencia despojamos al otro de su dignidad humana.

Son cuatro las razones básicas de la intolerancia: el miedo, la diferencia de creencias y opiniones, las diferencias económicas y las diferencias físicas. La primera es el miedo, un poco la razón madre de las otras tres. Es la incertidumbre de lo que puede pasar, de perder lo que tenemos, de retroceder y perder valor, posición e incluso la vida. Fuera de la zona conocida, del ámbito que dominamos, estamos perdidos y no sabemos si podemos contar con el grupo. Domina la supervivencia y la reacción visceral, la emoción. Lo que no controlo puede ser mortal y por tanto es negativo.

Las diferencias ideológicas y las de carácter religioso pueden ser causa de intolerancia. Ambas son básicamente visiones privadas, emocionales más que racionales y contra las emociones no hay arma de razonamiento que valga. Es el sí… pero...Las diferencias ideológicas admiten un cierto punto de compromiso y razón puesto que ante un objetivo común pueden entenderse diversos caminos que, si bien no se comparten, al menos se aceptan. La fe no tiene razonamiento, toda ella es subjetiva. Es un tema personal y visceral. Ambos, la religión y la ideología los son. En el mejor de los casos lo son por convicción propia y no por imposición de una autoridad externa. En los casos extremos se da la intolerancia total para asegurarse de que solo las propias creencias son válidas. Discutirlas es abrir la puerta al fracaso personal y cuando la vida se lleva por boca de ganso la cerrazón es la mejor arma.

Al grupo de diferencias económicas pertenecen todas las diferencias sociales y culturales. Nos situamos en un plano que se resume en la convicción de que yo valgo más que el otro porque somos de territorios y culturas diferentes y la mía es mejor. Esa jerarquía se establece al imponer el criterio material: lo mío es mejor, me hace trabajar menos y yo lo tengo y tú no. Claro que no se expresa así. Las diferencias son rechazadas con argumentos más utilitarios: mostrando que la presencia del otro afecta desfavorablemente a las formas de vida o a las costumbres. Al inmigrante o al gitano no se les tolera porque su presencia significa pobreza, desorden, marginación, inseguridad e incluso muestra una injusticia por resolver o tapar y provoca el miedo a la redistribución social: a mi pobreza, sea cual sea mi nivel. ¿La prueba? Fácil: al gitano o árabe rico, no se le margina. Se aparta al desposeído porque su presencia no agrada. Nos justificamos diciendo que no se está discriminando al extranjero, sino al que viene a echar más leña al fuego de la crisis económica, que solo puede traernos más miseria y contribuye al aumento de la delincuencia. No rechazamos al otro, solo pretendemos preservar puro y limpio lo que es nuestro. Y por ello cuanto más alejados mejor… salvo si tienen dinero por si son generosos con nosotros y “nos cae algo”.  Es entonces cuando nos acordamos del Talmud y decimos aquello de sé flexible como un junco, no tieso como un ciprés.

El grupo de las diferencias físicas o psicológicas es el de las anormalidades. Se rechaza a los diferentes al amparo de doctrinas religiosas y de la incomodidad ante algo que no es uniforme y plantea problemas o puede plantearlos. Una persona con tres brazos me puede vencer, un cojo puede retrasarme en la huida y en el mejor de los casos serme molesto el verlo porque me obliga a replantear la sociedad: subvierte lo aceptado y establecido como normal y bueno. La intolerancia es conservadora del confort que cuesta abandonar, se tolera mal o se tolera poco a los minusválidos, a los enfermos de SIDA, a los disminuidos psíquicos. Es más llevadero tenerlos encerrados en lugares exclusivos para ellos o tenerlos escondidos. Como dice Foucault, la sociedad decide qué debe ser normal y excluye a quien no encaja en la norma.

Ninguna de estas cuatro razones puede ser calificada como justa y aceptable. El prejuicio es un punto de vista no razonado; no puede ser el origen de un juicio de valor con pretensión de universalidad. Dar valor al bienestar económico no es un prejuicio. El bienestar económico es un bien tanto para el que lo tiene como para el que no lo tiene a su alcance. Por eso para que esté al alcance de todos, la justicia manda repartir y distribuir, no acumular en pocas manos unos bienes que son, en realidad, comunes y de derecho para todos. La fraternidad es la única posibilidad para combatir y mejorar la situación. No hay tolerancia sin espíritu previo de fraternidad.

La práctica de la tolerancia es el respeto a la libertad de cada cual a ser como quiera ser. La lucha contra los prejuicios es un problema de educación y de cultura, la exclusión de los más débiles, es un problema de sensibilidad pública, también de educación, así como de políticas concretas que impulsen la apertura de las conciencias. Una sociedad tolerante permite y canaliza la diversidad, pero no debe alentarla. El fomento de las diferencias atomiza y destruye, hay por tanto un límite a la tolerancia en el que ésta deja de ser algo positivo y pasa a ser un derecho adquirido que sirve para reclamar mayor capacidad de diferenciación. Los derechos adquiridos son egoístas, ambiciosos, envidiosos e incluso violentos. Como tal es positiva. Pero no se puede ser infinitamente tolerante ni con la gente ni con los hechos, aunque esto produzca ciertas cuestiones difíciles de resolver.

Decía Thomas Mann que la tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad. Flaco favor nos haríamos si, como dice Fernando Savater toleramos la antropofagia como una especialidad culinaria que no compartimos pero que habría que respetar, o aceptamos paradigmas que pretenden ser verdades absolutas solo para no quebrantar el principio de respeto al otro. ¿Son tolerables todas las doctrinas y opiniones, cualquiera sea su naturaleza e intención, incluso a costa de que vayan claramente contra los derechos humanos y el progreso de la humanidad?

La tolerancia como condición necesaria para la socialización no contempla complicidades silenciosas hacía todo tipo de doctrina. No se trata del "todo está bien" por el que llegamos al "nada está mal".  A contrario sensu se perfecciona en el respeto de todos por los valores humanos y va de la mano con el combate activo contra el mal.

Hay una tolerancia positiva y una negativa consistente en la ausencia de ideas, principios y opiniones por comodidad o simplemente por indiferencia, que acaba siendo la negación de la ética y de la fraternidad. Stuart Mill, dijo que las creencias debían ser vivas y no muertas, creencias que debían ser defendidas porque eran vulnerables a los ataques de otros. Una creencia está muerta cuando jamás se cuestiona ni necesita ser discutida. Pero está viva si hay que luchar para mantenerla en pie contra otras creencias y opiniones. Hay que darse cuenta de la validez relativa de las propias creencias y sin embargo defenderlas sin titubeos. Eso no es dogmatismo, es tener convicciones.

Los límites de la tolerancia deben estar, ante todo, en los derechos humanos. Si tolerar al otro es saber respetar su dignidad y reconocerlo como a un igual, no merece ser tolerado el que, a su vez, no sabe respetar esa dignidad. Es intolerante el terrorista, el criminal, el dictador, el fanático que no repara en medios para conseguir lo que se propone, aun cuando esos medios sean las vidas de otras personas. El intolerante convierte al otro en un medio para sus fines. Las ideas reaccionarias, solo son tolerables, mientras solo sean ideas. No lo son cuando quieren imponerse a quien no las comparte mediante la violencia y la fuerza. En tal caso, violan el derecho fundamental a la libertad de creencias y de expresión.

El objeto de la tolerancia no son las diferencias que ofenden la dignidad humana. Pero hay casos de duda, algunos sencillos y otros menos. Tolerar la ignorancia (por ejemplo) es darle alas y parece obvio que este tipo de tolerancia no es positivo. ¿Si estamos de acuerdo en ello tenemos que luchar por eliminar la ignorancia? La respuesta suele ser afirmativa. Entonces ¿dónde está el límite? ¿Qué hay que combatir y qué no? Se podría decir que se ha de ser tolerante siempre que esta tolerancia no afecte a quien la ejerce y no vaya contra sus reglas. Pero no es tan fácil. Cuando hay culturas diferentes y una de ellas tiene tradiciones que parecen aberrantes a la otra ¿hay que intervenir? ¿Podemos cerrar los ojos ante lo que nos parece un mal diciendo que somos tolerantes? ¿Dónde está el límite? ¿Hasta qué punto una práctica como la clitoridectomía, que desde nuestra concepción de los derechos individuales es una grave mutilación de las mujeres, debe ser tolerada cuando la practican otros que tienen sus razones para aceptarla?  

Si el límite de la tolerancia ya no es el propio daño personal, físico o moral, sino el ir en contra de lo establecido por una norma generalmente aceptada ¿quién establece el límite? ¿La mayoría? pero la mayoría, la masa siempre descarta el cambio, la pluralidad porque esto desestabiliza y merma la supuesta certeza de que se actúa bien. La respuesta es que los derechos universales son el límite, y cuando la interpretación de los mismos aplicada al caso que se juzga, admite discrepancias, la única vía de solución es el diálogo. Combatir la intolerancia de los otros por la fuerza, es una contradicción y solo crea fanatismo y venganza. No es lícito cerrar los ojos y tratar de ignorar los conflictos, tampoco atajarlo a costa de nuestros principios fundamentales. La tolerancia solo se puede ejercer dentro del mismo tipo de cultura. Cuando dos culturas chocan, hay que buscar entendimientos y tender puentes, que no es lo mismo que tolerancia, es respeto. El intercambio cultural tiende a homogeneizar y enriquecer, pero no da frutos inmediatos.


La discusión fue larga y con muchos ejemplos y dudas pero todos fueron tolerantes y aceptaron la diversidad de opiniones. Nadie se empecinó en su propias ideas y es que tolerancia y generosidad van de la mano.


domingo, 31 de marzo de 2019

De los valores personales




Puedo ser lo que quiera ser, pero una vez decidido o me atengo a las consecuencias o lo cambio. Llorar por mis equivocaciones está bien si reacciono; si no es el caso, mejor enloquezco y la gente tendrá razón al decir "perdónale porque no sabe lo que se hace".
(Ibrahim S. Lerak, Cuaderno de notas)

Procura ser hombre de valores y no hombre de éxito.
(Albert Einstein)

Mantén positivos tus valores, porque tus valores se convierten en tu destino.
(Mahatma Ghandi)



Un vulgar catarro retrasó la ponencia de la reunión del círculo, pero en la vida todo llega y también el orador con su provocación enmascarada tras la aparente disertación acerca de los valores. Como ya suele ser habitual, el conferenciante empezó con un par de afirmaciones para captar la atención y luego desarrollar el tema.

à Tener éxito en la vida es menos importante que definir lo que es el éxito
à No podemos hablar de mejora personal sin hablar de valores

Que el éxito depende de lo que hayamos definido como tal es evidente y ya fue objeto de una controvertida presentación anterior, por lo que no me extenderé ahora en ello, pero hemos de tenerlo en cuenta. (Se refiere el orador a la ponencia “Medir la felicidad” del 2 de octubre del 2018)

Que no podemos hablar de crecimiento personal sin definir anteriormente los valores parece evidente, aunque para muchos no lo es. No basta con ser mejor persona si no definimos antes lo que entendemos por ello. Tenemos que saber hacia dónde vamos antes que nada. Sin meta no hay camino. Si no sabemos qué es ser mejor, mal vamos. Parece lógico y sin embargo muchos creen que lo importante es simplemente ser feliz, encontrarse bien física y mentalmente todo el tiempo, sin darse cuenta de que el modo de llegar a ello o los valores que lo sustentan pueden ser dañinos. No importa más lo que buscamos que el en que se basa lo que buscamos y el cómo llegamos a ello. Si lo que quiero es estar en el nirvana y para ello me drogo, bueno… daño mi cuerpo y mi mente aunque lo consiga. No sirve el camino ni el valor que sustenta mi meta.

Hablando de valores hay que distinguir entre lo que son y el porqué son. ¿Cuál es la razón por la que algo es importante? ¿Qué consecuencias tiene para nosotros y para los demás? ¿Se pueden cambiar? ¿Cómo? Preguntas habituales pero no fáciles o de una sola respuesta.

¿Cuáles son nuestros valores personales? La vida consiste en la constante evaluación entre dos o más opciones y una continua toma de decisiones.  En todo momento decidimos algo, incluso inconscientemente: lo que hacemos, lo que es importante, en que focalizamos la energía y la acción. Por ejemplo, ahora estamos en un debate que es más importante que atender una llamada (espero que tengáis todos el teléfono apagado J) y nos comportamos conforme a la valoración realizada. Nuestros valores se reflejan en el comportamiento que elegimos. Esto es muy importante, porque todos tenemos algo que creemos y decimos que para nosotros tiene valor pero no lo refrendamos con nuestras acciones. No es algo nuevo ya consta en la Biblia (Mateo7:16) donde reza “por sus hechos los conoceréis”. Las acciones no mienten; por mucho que digamos que nos importa el tema de los refugiados, si nuestro interés se centra en ver las noticias por la televisión está claro que solo lo queremos creer. Es lo que nos pasa, declaramos valores que no tenemos para quedar bien con nosotros mismos y no ver la realidad de lo que nos interesa, que suele ser bastante prosaico. En otras palabras, nos mentimos a nosotros mismos y la discrepancia entre los que somos y lo que decimos ser nos suele crear problemas.

Los valores son una extensión nuestra, nos definen. Cando pasa algo bueno a alguien a quien apreciamos nos sentimos bien. Al revés también, cuando pasa algo malo a quien no apreciamos también nos sentimos bien. Hace muchos años cuando murió un dictador en España hubo quien lo celebró con cava, igual que si les hubiera tocado la lotería a ellos o a un familiar. Cuando hay una desconexión entre nuestros valores –hago una cosa y digo otra- nuestras creencias e ideas no conectan con nuestras acciones y emociones. Como no somos tontos, nos damos cuenta de ello y nos crea un estado de insatisfacción personal y social difícil de solucionar en la práctica. Del mismo modo que valoramos algo lo hacemos con nosotros mismos, podemos valorarnos en positivo o al contrario despreciarnos hasta llegar a destruirnos.

Hay dolores que dan placer, sin ser sádico ni masoquista. Por ejemplo una herida que pica. Rascamos  y nos da placer. Lo hacemos a sabiendas de que retrasa la cura de la herida y de que la puede hacer mayor o más grave y, aun así,  lo hacemos. Ocurre lo mismo con la insatisfacción personal, hay un oscuro punto de placer en autodestruirnos. Es como el castigo que nos merecemos por ser inferiores y que nos lleva a través de las drogas o de la violencia a redimirnos acabando en la autodestrucción. Solo que en realidad no somos plenamente conscientes de ello y acusamos a la sociedad más que a nosotros mismos. Esto se da en quienes se desprecian a sí mismos, aunque no todos lo hacen. Otros se quieren quizás porque se dan cuenta de los motivos del problema o simplemente porque quieren ser como los demás. Quererse está bien, pero no es suficiente, si lo fuera solo nos miraríamos inmersos en un narcisismo que haría invisibles a los demás y a todo lo demás. Cierto es que necesitamos valorarnos, pero también necesitamos algo “por encima de nosotros” (sea un Dios, la naturaleza, la ciencia, un tótem) para darle sentido a la vida. Porque si somos lo que más valemos la vida carecería de sentido y sería imposible ser feliz.

Cuando nos damos cuenta de que no somos lo que decimos y estamos hartos de ello, cuando la rutina se nos come porque no haya que nos incite a seguir, nada que valga la pena, es cuando llega el tiempo de los cambios. Tomamos un tiempo sabático para pensar y hacer un viaje al monasterio de…, visitar a los lamas, ir a un lugar remoto… y en definitiva redefinirnos y encontrar nuevos valores. Nuestra identidad (eso que entendemos como el “yo”) es la suma de todo lo que valoramos y de lo que depreciamos. Estar solos es un modo de escapar para revisar valores. No todos nos damos cuenta, los que no somos conscientes continuamos en el bando de los despotricadores de la sociedad y convencidos de ser el objeto de todas las injusticias del mundo. Darse cuenta de la presión exterior que nos lleva por un camino que no nos gusta o ser consciente del divorcio entre nuestras palabras y hechos y escapar del día a día nos permite ver en perspectiva y decidir si queremos continuar o no en la dirección trazada. Al ser los valores que tomamos los cuestionamos y priorizamos. Es como los deseos de cada fin de año para el siguiente, pero de verdad. Decidimos un cambio que luego implementamos, si es que tenemos la fuerza y la convicción para ello y volvemos con nuevos valores.

Los valores nos definen y por ello definen nuestras prioridades que se traducen en nuestros actos, palabras y decisiones. La pregunta que se plantea entonces es ¿hay valores mejores que otros y que nos convierten en mejores personas? De eso se trata ¿no?, de ser mejores y definir lo que es mejor.

Hay valores positivos / sanos y valores negativos / perniciosos, que son los contrapuestos. Los positivos son controlables, constructivos y basados en la evidencia, sus contrarios, los negativos son incontrolables, destructivos y basados en las emociones.

Si valoramos lo que está fuera de nuestro control lo que haremos es tirar la toalla y dejarnos llevar. Un buen ejemplo es el dinero. Podemos controlar una parte, pero no el ciclo económico que depende de la tecnología y de poderes fuera del acceso a nosotros los mortales. Por ejemplo, si lo que valoramos es tener dinero y hay una crisis mundial o una serie de accidentes  o enfermedades que nos llevan al hospital largo tiempo perderemos el sentido de la vida y estaremos abocados a considerar la autodestrucción tal como lo hemos visto antes. Lo que no podemos controlar es negativo, frente a una creatividad o una ética que son positivos precisamente porque podemos dominarlos y actuar en consecuencia con un plan de vida. Necesitamos valores controlables, no que nos controlen a nosotros o dejaremos de ser personas para ser marionetas o eternos insatisfechos.  Entonces, ¿qué tipo de valores son positivos? Lo son aquellos que incluyen la honestidad, creatividad, fraternidad, respeto, curiosidad, caridad, humildad… todo lo que implique a los demás y una autovaloración moderada. Análogamente serían negativos valores basados en la desconsideración frente a los demás, dominar por placer y no por liderazgo, ser centro de atención constante, provocar por provocar sin nada detrás.

Parece un axioma decir que los valores positivos son constructivos, es lógico que valoremos lo que no nos daña ni a nosotros ni a los demás, pero ¿nos acordamos del placer de rascar la herida? Mucho gimnasio daña por mucho que nos guste tener un cuerpo escultural; tomar éxtasis nos hace ser más emocionales, pero si lo tomamos cada día arruina la psique. Tener relaciones esporádicas puede revitalizar el ego, pero puede ser un modo de evitar la intimidad o la madurez emocional. No hablamos de cantidad o frecuencia, sino de valor centrado en ello. Querer ser un Casanova como valor es negativo. Pudiera verse como el reverso de la medalla y difuminarse el valor en sí mismo; por ello es menos importante el valor per se que el por qué lo valoramos. Valorar las artes marciales para defenderse uno mismo y a los demás es positivo; si es para atacar a los demás es negativo. Los valores cuentan solo en función de su intencionalidad.

Basarnos en nuestras emociones puede considerarse muy natural, muy auténtico pero no deja de ser algo altamente dependiente del momento y de la circunstancia y pude llegar a ser muy dañino por cuanto nos expone a una realidad que no queremos o no podemos ver cuando manda la emoción ya solo algo más de lo habitual. Parece demostrado que las decisiones las tomamos a bote pronto basadas en la emoción más que en la información y racionalidad. Uno de los problemas asociados es que la emoción lleva al placer / solución / bienestar inmediato más que al medio / largo plazo con lo que al final acabamos mal. Quien vive basado en la emoción acaba encontrándose en una rueda sin fin en la que cada vez se necesita más y más. La única manera de parar es decidir que hay algo más valioso que  nuestros sentimientos, sea objetivo, causa, persona, objeto por lo que valga la pena sufrir ocasionalmente.

Esa causa / objetivo es lo que puede resumirse en el sentido de la vida y encontrarlo es una de las tareas más difíciles que hay. Conocido, nuestra salud y bienestar aumentarán y por tanto la felicidad. Pero esta meta, este valor definitivo no puede ni debe escogerse en base a sentimientos solo. Necesita imperativamente de la razón y la ponderación, hay que encontrar las evidencias que lo soportan y basarse en ellas. De lo contrario nos pasaremos la vida en busca de un espejismo y seremos unos desgraciados que maldicen a la sociedad mientras se rascan la herida.


Quedaba una parte de la ponencia aún (“Cómo reinventarse a si mismo”) pero la audiencia quería intervenir y se decidió dejarlo para una segunda parte de la presentación. Fueros valiosas las aportaciones individuales y ver el abanico de valores individuales que siempre irisados de matices se basan en unos pocos derivados de la sociedad a la que pertenecemos, o que la crean y por eso coinciden; pero eso es tema de otro debate.





jueves, 21 de marzo de 2019

En defensa de la mediocridad ¿o no?



Se admira a los carneros donde faltan los toros. 
(Proverbio Fulani)

Mentes fuertes discuten ideas, las mentes promedio discuten eventos, las mentes débiles discuten sobre la gente.
(Sócrates) 

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

(Mt 5,3 Sermón de la montaña)

El que se contenta con su dorada mediocridad, no padece la intranquilidad de un techo que se desmorona, ni habita palacios que provocan la envidia.
(Horacio)



A la reunión del círculo suelen asistir de un modo regular casi el mismo número de personas, aunque no siempre las mismas. Los asistentes vienen  con ganas de debate y suelen ser gente con un amplio abanico de intereses, lo que les diferencia en cierto modo de lo que podríamos llamar la masa. Ni los temas ni las reuniones son elitistas, pero no llegan a suscitar un gran interés en la mayoría de la gente; al menos no el suficiente como para desplazarse y participar en un debate abierto y libre. Precisamente este hecho provocó un comentario acerca de quienes son considerados mediocres por no involucrarse o tener unos intereses definidos. De ahí que se solicitara una ponencia en defensa de la mediocridad. El resumen de esa ponencia es lo que sigue:

--- La verdad es que la sociedad últimamente nos exige ser el mejor en todo. Hay una presión inmensa por tener que destacar y los modelos son gente que ha llegado al éxito económico. Admiramos a los triunfadores como Bill Gates, a los superhéroes como Superman o mejor incluso Batman que además es millonario, guapo y atlético. No es algo nuevo, el hombre necesita espejos de virtud y perfección para parecerse a ellos. La guía, la norma, no solo es necesaria en la educación también lo es a lo largo de toda la vida. Romanos y griegos tenían semidioses y humanos que luchaban contra los dioses y en cada cultura existen mitos parecidos. Todos destacaron y son modelos a seguir, pero la mayoría no somos capaces de inventar el camino y necesitamos seguir gregariamente al líder.

En la Tierra vivimos actualmente unos 7.500 millones de personas y es evidente que no todos podemos destacar ni siquiera en algo. La pregunta es si debemos destacar o incluso si es necesario que lo intentemos. Si nos comparamos nosotros con el 1% de la población mundial que posee la mitad de la riqueza total, veremos que en el mejor de los casos somos unos mediocres, si es que llegamos a ello pues la mayor parte de lo que hagamos no tendrá importancia alguna tras nuestra muerte.

Esto nos lleva a pensar que quizás esta cultura del sé más, ten más, haz más no sirve realmente de mucho; posiblemente un “sé menos y más mediocre” nos llevaría a vivir mejor.  Hoy en día, si nos gusta correr, ya no es suficiente con dar un par de vueltas a la manzana: ahora hay que entrenar para los maratones. Si nos gusta pintar, hay que ir a una academia y buscar que exhiban las obras en una galería, o al menos tener una cantidad importante de seguidores en las redes sociales en las que se muestran. Más vale hacerlo todo bien porque si no es así, no somos nadie. Hemos perdido la conformidad de tener un talento modesto, a hacer algo por el simple hecho de que lo disfrutamos y no porque lo hacemos bien. Es lógico que en el trabajo tengamos que realizarlo todo lo mejor posible, pero el ocio ha caído en la misma presión por la excelencia que el trabajo. Hay que ser profesional y el mejor en todo. La opción es clara: o el éxito o la denostada mediocridad de la masa.

Los requerimientos de la excelencia están en guerra con la libertad. Hacer únicamente aquello en lo que sobresalimos es quedar atrapados en una jaula cuyos barrotes no están hechos de acero, sino de nuestros propios prejuicios. Sobre todo en el caso de las actividades físicas, la mayoría de nosotros solo somos verdaderamente muy buenos en aquello que hemos comenzado a practicar en la adolescencia o nos matamos practicando cada semana. Hay que dedicar tiempo y energía y  la mayoría tenemos poco tiempo y una energía limitada que dosificamos con cuentagotas. Pocos somos excepcionales en más de una cosa, si es que lo somos. Batman no existe y muchos grandes hombres sufren también grandes limitaciones personales. No se trata de  ser  mediocre como objetivo en la vida, sino de aceptar que ser mediocre no es malo, aunque te hayas esforzado en ser súper.

Podríamos pensar entonces si la mediocridad no es mejor que la excelencia. La historia está llena de gente anónima que consiguieron cambios e hicieron posible que nuestra civilización avanzara. Por otra parte, la aristocracia del intelecto, no siempre es un modelo moral a imitar. Es habitual encontrar en esa clase mucha soberbia y envidia. La clave para una buena vida no es que importen muchas cosas; es que importen menos, para que en realidad importe lo que es verdadero, inmediato y transcendente sin necesidad de ser alguien destacado en ello. Por mucho que nos lo diga la sociedad, no tenemos que ser extraordinarios, basta con que seamos fielmente lo que queremos ser, que tengamos inquietudes y que intentemos seguirlas.

Tenemos la necesidad impuesta de sobresalir. Lo impone la sociedad bajo el lema de sé alguien, no te dejes llevar por la masa. Tenemos acceso a más información que nunca en el pasado, pero no hemos aumentado nuestra capacidad de atención ni nuestra disponibilidad de tiempo a un ritmo equivalente. Cierto que hay gente extraordinaria (y lo contrario) como se vería en una campana de Gauss; pero lo normal es que estemos en el medio, en la parte que no destaca, en la mediocridad. Se nos lleva a creer que lo excepcional debe ser la nueva normalidad, pero pocos somos excepcionales. No se han resuelto de forma general nuestras dudas básicas de la vida ni la supervivencia. No somos punta de lanza y tampoco hace falta que lo seamos. La obsesión por destacar puede ser insana y llevar a matanzas solo por ser alguien o cualquier otro rasgo psicótico. No tenemos que probar constantemente que somos únicos, ni lo somos ni realmente es útil para nuestra vida. Por mucho que lo digan los libros de autoayuda o guías espirituales no estamos destinados a ser especiales. Podemos serlo, pero no está en los genes. Ni lo somos ni estamos destinados a ello. Además en un mundo de gente súper, si lo fuéramos todos, seríamos otra vez medianía, pura mediocridad.

Ser mediocre es el insulto actual, la demostración del fracaso. Lo peor es eso, ser masa, mediocre, el hombre del traje gris que no se diferencia en nada de los que le rodean. Olvidamos que aunque fuéramos excepcionales no lo seríamos por mucho tiempo: también los records se baten antes o después. Es importante aceptarlo porque en el caso contrario solo nos queda la autocompasión y el disgusto con una sociedad que está compuesta de gente que no destaca y no vale nada. Es un insulto ser mediocre porque nos condena ante nosotros mismos a no conseguir nada, a no tener capacidad de sobresalir, cuando en realidad no hay razón alguna que nos obligue a ser Batman o Superman o Bill Gates. De hecho es un error pensar que los exitosos, los excepcionales lo son porque se sienten así. Lo son porque se obsesionan con la mejora, porque se creen mediocres y tienen que mejorar. No deja de ser una ironía sobre la ambición. Si queremos ser mejores, más que los demás… siempre tendremos una sensación de fracaso. El cacareado “todos podemos ser extraordinarios y alcanzar el éxito” sirve para calmar al ego, para hacernos sentir bien pero no es más que un placebo para no desesperarnos.

Tenemos que aceptar que durante toda nuestra vida seremos medianías, mediocres en la mayoría de cosas que hagamos o emprendamos. Si lo aceptamos nos liberamos de la presión y podemos dedicar la energía para ser lo que queremos ser sin ser juzgados por los demás ni por nosotros mismos. Disfrutar de lo cotidiano es un placer aunque nos cueste aceptarlo al principio Un buen viajero no tiene planes fijos y no tiene intención de llegar. El camino es la recompensa, no la meta. Ser los primeros nos calma, ser del montón puede llenarnos si no dormimos en el camino.

En general, no es tan importante lo que logramos sino la persona en quien nos hemos convertido mientras perseguimos la meta. A lo largo del camino podemos ganar personas valiosas, podemos crecer y ampliar nuestra mente o, al contrario, podemos perder a gente que amamos, olvidar nuestros valores y convertirnos en personas más rígidas y encerradas en sí. Por eso, mientras perseguimos una meta, no debemos perder de vista el camino y, sobre todo, no olvidar disfrutarlo.

Aceptar ser mediocre no es conformarse con ello. Es muy diferente saber las propias limitaciones y actuar en consecuencia que ser uno más de entre los miles. Hay un libro que ilustra bien quien es el hombre que no destaca: El hombre del traje gris, que fotografía a la sociedad norteamericana de los cincuenta. En ella casi todos los hombres de clase media-alta llevan vidas similares: viven en urbanizaciones a las afueras de las ciudades, van cada día a trabajar en tren, visten trajes de corte parecido y, al llegar la noche, se relajan con la copa que les ha preparado su mujer. Se supone que no se puede pedir más a la vida. Como Tom Rath, que también parece tenerlo todo: una bonita casa, tres hijos, una mujer que le quiere y un sueldo razonable. Si alguien les pregunta, ellos contestan sin dudar: “Estamos muy bien. No tenemos problemas”. Y parece cierto: Tom es un hombre apuesto casado con Betsy, una mujer guapa y de fuerte personalidad, tienen tres niños adorables, una casa de varias plantas, un trabajo agradable que les reporta un buen sueldo; ellos se quieren, y cada vez que Tom regresa del trabajo ella le espera con una copa de Martini en la mano y un beso en los labios. Pero también es cierto que no pasan mucho tiempo juntos. Tom, todas las mañanas, se pone su traje de franela gris, coge su maletín, toma el tren que lo deja en el centro de Nueva York y realiza su trabajo hasta muy tarde, como miles de estadounidenses, que llegan agotados a sus casas donde permanecen junto a sus familias muy poco tiempo antes de acostarse temprano. Con los años la pareja ha aprendido a hacer el amor sin pasión. Han aprendido a no pelearse, porque no hay nada que les interese lo suficiente para meterse en peleas. Solo saben ser sensatos y responsables, se muestran alegres por el bien de los niños. Y Tom no sabe hacer otra cosa que trabajar día y noche y preocuparse tan sólo por el trabajo.

Una vida maravillosa, ¿no es cierto? Hay preocupaciones perentorias: tener una casa más grande, un coche nuevo, viajes a Florida en invierno y un buen seguro de vida. Desde luego, un hombre con tres hijos no tiene derecho a decir que el dinero no le importa. Tom es un hombre gris, un hombre que todos los días viste un traje de franela gris, como tantos otros padres de familia que se conforman con abandonar sus sueños por tal de mantener una vida dentro de la más estricta normalidad. Y él, cada vez que se enfrenta a una situación novedosa, se dice: “En realidad no importa. No pierdo nada. Será interesante ver lo que sucede”, convencido de que, si no sucede nada, tampoco eso cambiará su vida.

El conformismo es una medicina con la que nos automedicamos para cuidar de nuestra propia salud mental y ser simplemente el hombre del traje gris que se empeña en ser mejor, aunque no sepa en qué consiste esa mejoría, fuera de la adquisición de nuevos objetos o la espera del descanso del fin de semana.

La provocación que quería el ponente estaba clara ¿ser mediocre es bueno? ¿es malo? ¿nos vuelve masa? La discusión fue larga y si hubo una coincidencia general fue que a la próxima reunión se evitaría ir de gris. 


lunes, 11 de marzo de 2019

Li Fu (2)



(del cuaderno de notas de Ibrahim. S. Lerak)


Se sabe por la crónica de Wei Li (el Gran Redactor de la Enciclopedia del Saber que encargó el justo y sabio emperador del centro del mundo, Li Fu el Buscador) que a las palabras resumen del saber sobre el sentido de la vida que le comunicó en su lecho de muerte al emperador: “nacieron, sufrieron y murieron” éste le preguntó si todas las vidas eran iguales y si había gobernado para todos por igual.

Cuenta Wei Li que tuvo tiempo de explicar al Emperador de Arriba que en esencia todas las vidas son iguales, que todas tienen cuatro etapas y que es la persona quien individualmente decide recorrerlas o no. La crónica no aclara el sentido de la vida pero si las cuatro etapas que la conforman. Wei las denominó adoctrinamiento o educación, autodescubrimiento y autoafirmación, compromiso e implicación y herencia o legado.

Aparece la crónica entre documentos de la dinastía Han por lo que se cree que Li Fu es una corrupción de Liu Xun, más conocido por Han Xandi, pero no se ha contrastado la veracidad de esta afirmación. Bien pudiera ser que Wei Li inventara un nombre para no herir sensibilidades en su época o que incluso su crónica sea una falsificación.

La primera etapa es la educación o adoctrinamiento. Nacemos indefensos y carecemos de todo, lo que es una suerte para la sociedad que nos adoctrina en lo que es necesario para ella y por tanto bueno para nosotros. De ser como los animales y nacer con conocimientos básicos la sociedad no podría evolucionar. Cada época tiene unos valores que se han de enseñar desde el momento del nacimiento y que no son los mismos según el momento histórico ni el lugar de nacimiento. Es tan real que hasta el papel de los dioses cambia según el periodo considerado. En esta etapa se transmite lo que permite una estabilidad social y se recortan las divergencias. Se premia el mimetismo y se castiga la diferencia. Se habla de terribles castigos a quien no acepte el dogma establecido y grandes premios a quien lo abraza. Por ello en la infancia, copiamos, aceptamos y anulamos nuestra curiosidad. El fin esencial de esta etapa es integrarnos en lo que se supone es lo mejor para que todo siga medido y controlado; poder ser una buena oveja en el rebaño sin demasiada curiosidad y luego ser adultos conformistas que viven “dentro del orden social”. La idea es que los adultos de la comunidad nos animen y censuren al tomar decisiones propias… para mantener el bien social. Esta censura limita nuestra autonomía y nos convierte en muchos casos en meros camaleones sociales que buscan aprecio y reconocimiento imitando “lo que está bien”. Esta etapa dura hasta el final de la adolescencia y para algunos toda la vida o hasta que se dan de bruces con la realidad de una sociedad imperfecta y en evolución. Se castiga el pensamiento personal, individual discrepante y el que haya valores personales fuera de los admitidos socialmente. En la crónica de Wei Li se alude a esta etapa como la del eunuco.

La segunda etapa es el autodescubrimiento y la autoafirmación. Si en la primera etapa lo importante es la inclusión en la sociedad, en esta la esencia es aprender lo que nos hace diferentes del resto. Es cuando hemos de aprender para actuar a pesar del adoctrinamiento de la primera etapa si lo creemos necesario. Es el desarrollo de la personalidad propia a través del método de prueba y error y del empecinamiento. Es la era de la comunicación universal entendida como absorción de la información sin importar de donde venga. Es el autodescubrimiento de límites (que no se conocen) y la lucha por los ideales. Cada uno vive esta etapa de un modo diferente. No hay dos iguales en el mundo y no hay dos reacciones 100% iguales ante un suceso. La lucha con lo aprendido en la primera etapa es constante. La validación o no de los conceptos que nos han imbuido marca el rumbo de la vida posterior. Esta etapa dura hasta que topamos con nuestras limitaciones, que existen se diga lo que se diga y se anime a lo que se anime en la actualidad. No se es bueno en todo ni se debe ser. Hay que aceptar las limitaciones y sacarles partido. Lo que sí se debe es saber cuales son y reconocerlas. Cuanto antes, mejor o lucharemos contra un fantasma y perderemos nuestro potencial.

Identificar y reconocer las limitaciones es importante para no perder el tiempo en la vida. Hay que elegir lo que se hace y sueña y el como; pero no solo porque podamos hacer algo significa que tengamos que hacerlo. Hay que pensar en el coste de la oportunidad y definir prioridades. No podemos (ni debemos) tener todo o intentarlo todo. Pensar y actuar, pero pensar, por dura que sea la conclusión. Quienes creen que no tienen limitaciones o no las aceptan suelen quedarse en esta etapa. No evolucionan y no aportan a la sociedad lo que pueden y deben, pues es el conjunto de aportaciones lo que mueve a la sociedad y justifica al individuo.

Desgraciadamente quien se queda en esta etapa suele ser negativo, achacar al destino el que no avance y creen que los dioses les tienen manía a pesar de sus grandes esfuerzos; que son unos iluminados e incomprendidos, cuando en realidad lo que les falta es determinación. Son los eternos adolescentes que buscan y no encuentran. En general esta etapa empieza al final de la adolescencia y dura hasta el tiempo del pleno potencial (alrededor de los 30-35 años). En la crónica se alude también a eta etapa como el rugido de la fiera.

La tercera etapa es el compromiso o implicación. Conocidas las limitaciones solo queda lo que es importante para la persona y es el momento de actuar y cambiar el mundo. Sabiendo lo que se sabe y lo que no se puede saber o desarrollar. Es el momento del compromiso y la implicación real. El momento de vencer la pereza y la comodidad de no gastar energía amparándose en lo aprendido en la primera etapa y cerrando los ojos y los sentidos a lo vivido en la segunda. Sin duda la tercera etapa es la de la consolidación, la de liberarse de cadenas reconocidas y ansias irrealizables. Es el momento de aportar y dar, de asignarse una misión real y posible.

Esta etapa es la realización personal, libre y valiente. Es la construcción del edificio que se deja en herencia, edificio material o espiritual. Es lo que conforma la memoria que se deja y lo que se aporta al mundo. No hay edad establecida en la que acaba la etapa, pero siempre se debe a la combinación de dos hechos íntimamente ligados: la sensación de que ya no queda nada por hacer / aportar y la sensación de que se es demasiado viejo para entender al mundo y es mejor contar memorias a los nietos. Quienes quedan presos en esta etapa son aquellos que no pueden detener su ambición y su constante deseo de tener más. Suelen ser un impedimento para que la sociedad avance. En la crónica se alude a esta etapa también como caza y muerte.

La cuarta etapa es la herencia o legado. Se llega a esta etapa tras más de media vida considerando lo que es importante y tiene sentido. Cuando se mira atrás se ve lo realizado (y lo por hacer aún) pero ya no se tiene la fuerza ni el empuje para avanzar más. En esta etapa lo importante no es ni crear ni conseguir, es hacer lo necesario para que lo conseguido, lo construido, trascienda la propia muerte. Sea a través de familia, entorno, discípulos y amigos lo conseguido ha de ser incorporado a la vida de los demás, sean valores, creencias, bienes materiales o espirituales.

Esta etapa es importante porque en realidad justifica la vida y nos prepara para la muerte dándonos una respuesta final a la eterna pregunta sobre su sentido y, por tanto, la aceptación de la muerte con una sonrisa. No es de extrañar que en la crónica se aluda también a esta etapa como la del patriarca.

La crónica de Wei Li va más allá de establecer unas etapas en la vida. Wei establece que el desarrollo ordenado a través de las etapas nos proporciona una sensación de orden y felicidad que en sí misma es motora y nos hace avanzar. En realidad, la primera etapa es horrible pues somos totalmente dependientes de los demás y nunca estamos seguros de acertar con nuestra actuación. Huimos de ella hacia la segunda, en la que nos autoencontramos, pero en la que seguimos siendo dependientes de los factores externos que nos han sido marcados como factores de felicidad: dinero, victorias, conquistas, notoriedad… Algo más controlable que la aprobación de los demás, pero aún impredecible. En ella dependemos de menos gente, pero aún hay dependencia, por lo que avanzamos hacia la tercera etapa en la que es la persona quien (casi) decide en todo y lucha contra las propias limitaciones y la de los demás. Acabada la lucha empieza la cuarta etapa. En cada una  la felicidad pasa paulatinamente a basarse en aspectos propios más que en los externos, que siempre son inciertos y cambiantes.

Las etapas -dice la crónica- no son reemplazables ni aisladas, sino que fluyen la una a la otra. En cada una se reasignan prioridades y amistades ya que en cada etapa necesitamos un entorno afín a nuestras intereses y prioridades. Juzgamos y actuamos por proyección personal hacia nuestro entorno en consonancia con lo que para nosotros tiene valor en ese momento. Si no estamos alineados con los demás o no los entendemos o los consideramos retrógrados. Aunque Wei habla de un fluir entre etapas señala que no es necesariamente siempre suave. Muchas veces son aspectos negativos e incluso traumáticos los que nos fuerzan a pasar de una a otra. De no existir algo que nos fuerce al cambio, las etapas son más largas y mayor es el peligro de quedarse en una de ellas sin avanzar.

Lo inesperado, si no es positivo, nos obliga a replantearnos nuestra posición y la búsqueda de la felicidad que es lo que en definitiva queremos en la vida. Cuando estamos incómodos en una etapa nos movemos a la otra, Cuando nos cansamos de obedecer pasamos de la primera a la segunda. Cuando nos cansamos de buscar pasamos de la segunda a la tercera y cuando nos cansamos de intentar y realizar pasamos de la tercera a la cuarta. Cuando no vemos que más podemos legar de nuestra experiencia, abandonamos y desaparecemos.

Acaba la crónica Wei Li revelando que calmó a Li Fu diciéndole que era un buen emperador y que su legado le sobreviviría. No sabía Wei que aunque creyera en ello mintió al emperador. La sociedad avanza y se transforma con cada uno de los legados que recibe. De ahí la importancia de la primera etapa en cada sociedad. El punto de partida no determina el punto de llegada, pero si el como se llega y a costa de que.