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viernes, 5 de junio de 2015

¿Quién es albardán?





Esbozo de la personalidad del albardán, tan a vuela pluma que por no ser no es ni de él. ¿O sí lo es? Y si lo es ¿se repiten las personalidades o quien se repite es el interés por la vida?

“Dame un tiempo una situación social y una geografía con ello te cuento la vida de quien quieras, sabiendo que cada época tiene su verdad y sus valores." Así lo creyó Dilthey y así es si así os parece.


Muchos han intentado definirme, describirme, limitarme. Amigos, enemigos, colegas y conocidos. He escuchado, he callado, he sonreído. Llegado a la mitad de la vida probable tras innumerables pruebas y una larga cuarentena de soledades, creo conocerme mejor que los demás por muy cercanos que se crean.

No soy hombre de acción ni soy filósofo. Me gusta la historia pero nunca llegaré a ser ministro; me atraen las teorías, pero nunca crearé un sistema. No soy ni un negociante ni un santo. Deseo el dinero por la libertad de movimientos, pero no tengo el valor de dejar el resuello para conseguirlo a cualquier precio; envidio a los grandes renunciadores de la vida, pero no creo ni en los mitos ni en los paraísos. Hay en mí solo dos actitudes que pueden resultar interesantes para los demás –en medio del retorcimiento de salud y de enfermedad, de bondad y de maldad que solo a mí me interesa-.

Yo soy, para decirlo en dos palabras un poeta y un destructor, un fantasioso y un escéptico, un lírico y un cínico. No es fácil describir cómo pueden encajar en mí estas contradicciones y, sin embargo, es el fondo de mi espíritu. A veces soy un sentimental que se conmueve en la noche solitaria apenas trasciende de la cerrada persiana un simple acorde de música romántica arrancado de un piano; un niño que rebosa ternura cuando mira al cielo color niebla, sin el consuelo de una nubecilla para jugar con ella; un desgraciado que se siente lleno de amor por un viejo desconocido, por un amigo emigrado a la casa sin puertas ni ventanas, por una flor cortada, por una mansión cerrada.

Otras veces, en cambio, me convierto en lobo hobbesiano cuyos colmillos precisan morder y desgarrar. Nada es sagrado para mí: ni la grandeza de los antepasados, ni las glorias cimentadas a través de los siglos, ni las verdades consagradas por experiencias milenarias, ni la santidad de las leyes, ni la terribilidad de los códigos, ni los axiomas elementales, ni la moral establecida, ni los lazos de afecto más profundos.

Yo quiero revolverlo todo de arriba abajo, modificar las creencias, mostrar la parte horrible de cada fachada, los motivos mezquinos de cada grandeza, la ceguera de los prudentes, la infamia de los moralistas, la razón de los cautivos, la grandeza de la nada. Me gusta hacer dudar de todo, roer, ofender a veces para provocar, alzar velos y evidenciar los cadáveres. Me complace ser sofista para mostrar la vacuidad del pensamiento del contrario.

Pero tras esa furia devoradora vuelve a aparecer el optimista que ve la parte positiva de la revolución, el fantasioso que imagina sucesos imposibles y que proyecta en el cómodo espejo de la imaginación los deseos más alocados, los sueños que han de convertirse en realidades. Sueño el sueño para convertirlo en tangible. Tomo de la vida la proporción real para agigantarla en los sueños que proyecto.

Entonces me asedian las aventuras, las posibilidades, las mil personalidades en mí y veo un mundo nuevo que me turba e inquieta en los largos períodos en que soy, como los demás, burgués y realista; un mundo que tiene en sí fragmentos y luces de profunda verdad, pero que no es el mundo que creemos conocer. En él, en mi mundo me muevo con soltura. No quiero aceptar el mundo de los otros y en esa obstinada actitud mía están bien avenidas mis almas contrapuestas. Me niego a aceptar el mundo tal cual es, y por eso trato de rehacerlo con mi fantasía y mi reducida acción, o de cambiarlo poniendo en evidencia las falsas morales y proponiendo los temas que a todos nos afectan en la vida. Lo reconstruyo o trato de modificarlo con mis teorías o con mis escritos, dos esfuerzos aparentemente distintos pero concordes y convergentes.

Tal como soy me siento una fuerza creadora y disolvedora, con derecho a tener una misión y sentirme insatisfecho por lo que me rodea. Solamente los imbéciles convencidos de por vida de su propia imbecilidad pueden declararse en total armonía con el mundo. Quien intente removerlo, animarlo, para vivir, incendiarlo en mayor o menor grado, renovarlo y acrecentarlo tiene el derecho a la libertad de hablar y atizar conciencias dormidas. Cada uno de nosotros tiene necesidad de no creerse totalmente inútil incluido yo. Yo vivo y obro sabiendo que toda mi vida y mi acción se hundirán en la nada, pero reivindico mi derecho a ser San Manuel (bueno y mártir), Sócrates o Torquemada para ayudar a los demás.

En un mundo donde todos piensan únicamente en sexo, en comer y en el dinero, en divertirse y en mandar, es necesario que de vez en cuando haya quien refresque la visión de las cosas, que haga sentir lo extraordinario de las cosas ordinarias, el misterio de la trivialidad, la belleza de la basura. En medio de una casta infinita y potentísima de esclavos de la opinión y de la tradición, de pedantes parásitos y sofistas predicadores de viejas leyendas, de defensores de amarilla ciencia, de carceleros de prisiones moralizadoras, de papagayos pertinaces de todas las antiguas normas y de todos los lugares comunes, es necesario un despertador nocturno incendiario de buena voluntad y visión positiva, que haga pensar para dejar sitio libre en las mentes llenas de viejas historias y que haga nacer la duda en las mentes vacías que solo aguantan el pelo.

Lo decía Dilthey, tanto da que se llame Giovani Papini como albardán, la época los marca y ellos se juntan en los sueños y espían al mundo.