Esbozo de
la personalidad del albardán, tan a vuela pluma que por no ser no es ni de él.
¿O sí lo es? Y si lo es ¿se repiten las personalidades o quien se repite es el
interés por la vida?
“Dame un
tiempo una situación social y una geografía con ello te cuento la vida de quien
quieras, sabiendo que cada época tiene su verdad y sus valores." Así lo creyó
Dilthey y así es si así os parece.
Muchos
han intentado definirme, describirme, limitarme. Amigos, enemigos, colegas y
conocidos. He escuchado, he callado, he sonreído. Llegado a la mitad de la vida
probable tras innumerables pruebas y una larga cuarentena de soledades, creo
conocerme mejor que los demás por muy cercanos que se crean.
No
soy hombre de acción ni soy filósofo. Me gusta la historia pero nunca llegaré a
ser ministro; me atraen las teorías, pero nunca crearé un sistema. No soy ni un
negociante ni un santo. Deseo el dinero por la libertad de movimientos, pero no
tengo el valor de dejar el resuello para conseguirlo a cualquier precio;
envidio a los grandes renunciadores de la vida, pero no creo ni en los mitos ni
en los paraísos. Hay en mí solo dos actitudes que pueden resultar interesantes
para los demás –en medio del retorcimiento de salud y de enfermedad, de bondad
y de maldad que solo a mí me interesa-.
Yo
soy, para decirlo en dos palabras un poeta y un destructor, un fantasioso y un
escéptico, un lírico y un cínico. No es fácil describir cómo pueden encajar en mí
estas contradicciones y, sin embargo, es el fondo de mi espíritu. A veces soy
un sentimental que se conmueve en la noche solitaria apenas trasciende de la
cerrada persiana un simple acorde de música romántica arrancado de un piano; un
niño que rebosa ternura cuando mira al cielo color niebla, sin el consuelo de
una nubecilla para jugar con ella; un desgraciado que se siente lleno de amor
por un viejo desconocido, por un amigo emigrado a la casa sin puertas ni
ventanas, por una flor cortada, por una mansión cerrada.
Otras
veces, en cambio, me convierto en lobo hobbesiano cuyos colmillos precisan
morder y desgarrar. Nada es sagrado para mí: ni la grandeza de los antepasados,
ni las glorias cimentadas a través de los siglos, ni las verdades consagradas
por experiencias milenarias, ni la santidad de las leyes, ni la terribilidad de
los códigos, ni los axiomas elementales, ni la moral establecida, ni los lazos
de afecto más profundos.
Yo
quiero revolverlo todo de arriba abajo, modificar las creencias, mostrar la
parte horrible de cada fachada, los motivos mezquinos de cada grandeza, la
ceguera de los prudentes, la infamia de los moralistas, la razón de los
cautivos, la grandeza de la nada. Me gusta hacer dudar de todo, roer, ofender a
veces para provocar, alzar velos y evidenciar los cadáveres. Me complace ser
sofista para mostrar la vacuidad del pensamiento del contrario.
Pero
tras esa furia devoradora vuelve a aparecer el optimista que ve la parte
positiva de la revolución, el fantasioso que imagina sucesos imposibles y que
proyecta en el cómodo espejo de la imaginación los deseos más alocados, los
sueños que han de convertirse en realidades. Sueño el sueño para convertirlo en
tangible. Tomo de la vida la proporción real para agigantarla en los sueños que
proyecto.
Entonces
me asedian las aventuras, las posibilidades, las mil personalidades en mí y veo
un mundo nuevo que me turba e inquieta en los largos períodos en que soy, como
los demás, burgués y realista; un mundo que tiene en sí fragmentos y luces de
profunda verdad, pero que no es el mundo que creemos conocer. En él, en mi
mundo me muevo con soltura. No quiero aceptar el mundo de los otros y en esa
obstinada actitud mía están bien avenidas mis almas contrapuestas. Me niego a
aceptar el mundo tal cual es, y por eso trato de rehacerlo con mi fantasía y mi
reducida acción, o de cambiarlo poniendo en evidencia las falsas morales y
proponiendo los temas que a todos nos afectan en la vida. Lo reconstruyo o trato
de modificarlo con mis teorías o con mis escritos, dos esfuerzos aparentemente
distintos pero concordes y convergentes.
Tal
como soy me siento una fuerza creadora y disolvedora, con derecho a tener una misión
y sentirme insatisfecho por lo que me rodea. Solamente los imbéciles
convencidos de por vida de su propia imbecilidad pueden declararse en total
armonía con el mundo. Quien intente removerlo, animarlo, para vivir, incendiarlo
en mayor o menor grado, renovarlo y acrecentarlo tiene el derecho a la libertad
de hablar y atizar conciencias dormidas. Cada uno de nosotros tiene necesidad de
no creerse totalmente inútil incluido yo. Yo vivo y obro sabiendo que toda mi
vida y mi acción se hundirán en la nada, pero reivindico mi derecho a ser San Manuel
(bueno y mártir), Sócrates o Torquemada para ayudar a los demás.
En
un mundo donde todos piensan únicamente en sexo, en comer y en el dinero, en divertirse
y en mandar, es necesario que de vez en cuando haya quien refresque la visión de
las cosas, que haga sentir lo extraordinario de las cosas ordinarias, el
misterio de la trivialidad, la belleza de la basura. En medio de una casta
infinita y potentísima de esclavos de la opinión y de la tradición, de pedantes
parásitos y sofistas predicadores de viejas leyendas, de defensores de amarilla
ciencia, de carceleros de prisiones moralizadoras, de papagayos pertinaces de
todas las antiguas normas y de todos los lugares comunes, es necesario un
despertador nocturno incendiario de buena voluntad y visión positiva, que haga
pensar para dejar sitio libre en las mentes llenas de viejas historias y que
haga nacer la duda en las mentes vacías que solo aguantan el pelo.
Lo decía
Dilthey, tanto da que se llame Giovani Papini como albardán, la época los marca
y ellos se juntan en los sueños y espían al mundo.
