lunes, 12 de marzo de 2018

¿Conocerme? ¡Imposible!




¿Conocerme? No, gracias. No quiero hundirme en la desesperación.
(Anónimo)

Conocerse a sí mismo implica un camino de perfeccionamiento, de hacerse mejor y adquirir conocimiento sobre la propia naturaleza y limitaciones, pues no podemos desarrollar nuestra naturaleza si no sabemos cuál es.
(Ibrahim S. Lerak, Cuaderno de notas)

De las tareas más difíciles del hombre sobresalen la del conocerse, soportarse y colaborar con los demás.
(K., Notas dispersas)




En la reunión del círculo se había hablado ya hace unos años del famoso Nosce te ipsum, (en griego: γνῶθι σεαυτόν) conócete a ti mismo. Es un tema que suele resurgir en los encuentros y esta vez quisimos explicar, mejor dicho el ponente nos explicó, que es imposible conocerse a si mismo. 


Lo que podemos conocer está limitado por la capacidad de nuestro aparato cognoscitivo. Imaginamos el mundo a partir de nuestros sentidos. Todo nuestro conocimiento depende en primer lugar de ellos. No percibimos nada que no podamos oír, ver, sentir, degustar o palpar; no figurará en nuestro mundo nada a lo que no podamos acceder por la vía de nuestros sentidos. Incluso para podernos figurar las cosas más abstractas, estas se nos deben ofrecer por medio de símbolos que seamos capaces de ver o leer.

Para disponer de una visión del mundo objetiva, necesitaríamos un aparato sensorial que cubriera todo el espectro de las percepciones sensoriales posibles: los ojos del águila, el olfato de los osos (que les permite oler a kilómetros de distancia); el sistema sensorial de la línea lateral en los peces, las facultades sismográficas de las serpientes, etc. Pero lamentablemente  no disponemos de estas características. Nuestro mundo no es tal como lo vemos. Nos pasa como al pez que en el acuario le dice a su hijo «El mundo, hijo mío, es una enorme caja llena de agua».

La pregunta entonces parece que debería ser ¿cuál es el mundo real? Sin embargo si vamos al origen del hombre fue más importante contestar a ¿qué es lo mejor para mi supervivencia y progreso? Lo que no reportase nada a este fin tenía pocas posibilidades de desempeñar un papel importante en la vida y en la evolución. Y la teoría dice que para sobrevivir el hombre, la evolución ayudó creando un cerebro con distintas zonas.

Actualmente se cree que el cerebro se divide en: tronco cerebral (o tronco encefálico), diencéfalo, cerebelo y cerebro propiamente dicho. El tronco encefálico constituye la mayor vía de comunicación entre el cerebro anterior, la médula espinal y los nervios periféricos y permite que las impresiones de los sentidos lleguen al cerebro. Controla varias funciones como la regulación del ritmo cardíaco, la respiración, el metabolismo y  también reflejos, tales como el pestañeo, la deglución y la tos.

El diencéfalo es una pequeña zona situada encima del tronco cerebral. Su papel principal es el de intermediario y supervisor emocional; percibe las impresiones de los sentidos y las transmite al cerebro. Este sistema formado por nervios y hormonas controla el sueño y la vigilia, nuestras sensaciones de dolor, la regulación de la temperatura corporal, pero también nuestros impulsos, por ejemplo nuestra conducta sexual.

El cerebelo tiene una influencia determinante en nuestra capacidad motriz y aprendizaje motor. Además del control de la motricidad, también está relacionado con ciertas funciones cognoscitivas, como el procesamiento del lenguaje, el comportamiento social y la memoria; todo ello, sin embargo, a un nivel inconsciente.

El cerebro propiamente dicho se encuentra encima de las otras tres zonas. Su tamaño es algo más del triple de las otras tres partes del cerebro juntas. Puede dividirse en muchas regiones, entre las cuales cabe distinguir las áreas sensoriales «más sencillas» y las áreas asociativas o «superiores». Todas las grandes capacidades intelectuales dependen de la actividad del córtex asociativo, aunque no exclusivamente de él.

La tomografía axial computarizada (TAC) y los escáneres de resonancia magnética permiten observar con gran precisión los procesos de nuestro cerebro. Si antes solo se podían mostrar procesos eléctricos o químicos, las nuevas técnicas miden el flujo sanguíneo y ofrecen imágenes de alta resolución. Gracias a estos avances la investigación aspira a desentrañar el sistema límbico, la principal sede de nuestras emociones y sensaciones. La incógnita sigue siendo el por qué sentimos una determinada cosa de un modo determinado. Las sensaciones y pasiones personales no pueden explicarse en virtud de procesos neuroquímicos de índole general. Ni los instrumentos ni las conversaciones con un psicólogo pueden acceder ni hacer visible ese mundo vivencial. Una vez que le preguntaron a Louis Armstrong qué era el jazz, respondió: «¡Si lo tienes que preguntar, es que jamás lo comprenderás!». Las vivencias subjetivas son inaccesibles, incluso para la investigación del cerebro. Si toco una pieza de jazz, el escáner de resonancia magnética puede mostrar que en determinados centros emocionales de mi cerebro aumenta el aporte sanguíneo, pero no explica ni qué es lo que siento ni por qué siento eso.

Es lícito preguntarse entonces  si no estarán haciendo los investigadores del cerebro, lo mismo que vienen intentando hacer los filósofos en los últimos dos mil años: entender mediante el pensamiento el propio pensamiento. Profundizar en sí mismo por medio del pensamiento y en la medida de lo posible observarse pensando fue un modo de conocerse, pero no aportó nada al proceso del pensamiento en sí. Estudiar la mecánica de cómo se crea el pensamiento o como se crean las emociones es una tarea que contesta al cómo, no al ¿por qué? ni mucho menos al ¿qué es?

Conocerse no es saber describir los mecanismos físicos que se producen cuando algo pasa en nuestro interior. Conocerse es entender que origina un sentimiento y un pensamiento, aceptarlo, saber si es modificable o no y actuar en consecuencia. Conocerse es saber que potencial tenemos y que características son las nuestras, no las que reflejamos en la sociedad ni las que desarrollamos por el empuje de nuestro entorno, aunque eso también forma parte de nosotros mismos.

Somos el resultado de un cruce de algoritmos. Uno es el genético, una carga importante sin duda pero no definitiva. Ahora sabemos que se pueden despertar y dormir genes, que se pueden alterar en determinadas circunstancias sin intervenir médicamente en ello.  Otro es el social, la complejidad y características sociales que nos llevan al proverbio árabe de “un hombre se parece más a su tiempo que a sus padres”. Ambos crean junto con los condicionantes sociales una mezcla que es lo que llamamos personalidad  que nos hace únicos. Pero no tenemos la llave del cómo funciona y por tanto no sabemos cómo prevenir una acción o alterarla. Si esto es así no podremos conocernos de verdad.

Entonces ¿qué podemos hacer? La respuesta es aplicar medidas paliativas. Como si fuera una enfermedad de origen desconocido: mientras investigamos evitamos el dolor y eliminamos los síntomas.  Es decir intentemos que en el equilibrio entre la razón y la emoción actúe más la razón como freno que como justificante de la acción. Esa racionalidad impuesta previamente a la acción visceral nos dará la pista del porqué actuamos y al analizar el cómo actuamos podremos tener un retrato robot de lo que somos aunque no lleguemos nuca a conocernos. De la honestidad de nuestro análisis depende la fidelidad del retrato al modelo. El peor enemigo para el análisis es la autocomplacencia, que nos lleva a suavizar los trazos y a justificar las imperfecciones.

No podemos conocernos íntimamente, pero si podemos y debemos hacer el esfuerzo de crear el autorretrato los más fiel posible y estimular con acciones impuestas el disparo automático del algoritmo para mejorar en lo personal y en lo social.

Nos dejó con la duda de si es posible conocerse o no, pero tras la discusión de la ponencia la verdad es que todos sabíamos algo más de nosotros mismos y de los demás.




2 comentarios:

  1. ¿Cómo conocernos si no es por introspección? Cierto, saber como funciona no es saber porque funciona y porqué actúa, pero no tenemos otro modo ¿o sí?

    ResponderEliminar
  2. Gracias por e apunte Herminio:))

    Cierto, pero una observación sociológica también puede ayudar, creo.

    ResponderEliminar